بِاسْمِهِ سُبْحَانَهُ
Mis estimados hermanos verídicos,
He salido a pasear en coche durante una o dos horas para contemplar las flores de esta deslumbrante primavera. Nunca en mi vida había visto algo así: todas las plantas florecientes han crecido de una manera extraordinaria, más allá de lo habitual, han florecido y, como si estuvieran sonriendo, parecen glorificar a su Sani‑i Zulcelal, Artífice Majestuoso, con su lenguaje de estado, apreciando y aplaudiendo Su arte. Esto lo sentí con certeza absoluta. En este estado, mis sentimientos, deseosos de la vida mundana, y mi nefs, alma desprevenida e impaciente, intentaron aprovechar la situación. Se levantaron objeciones dentro de mí: en contra de mi corazón, que había decidido desprenderse del mundo, cansarse de la vida enferma y problemática, y anhelar el más allá, donde podría reunirme con el 90% de mis amigos ya fallecidos; y en contra de mi nefs, que busca placeres eternos en lo efímero.
De repente, la luz de la fe en Allah, que penetra tanto en los sentimientos como en las fibras más profundas, mostró con claridad que ya que la tierra, al ser el recipiente de esta belleza, misericordia, vida y adornos infinitos, es una cortina de una misericordia sin fin, y ya que nada que entra en ella queda abandonado, entonces, sin duda, los centros espirituales y eternos de todas estas decoraciones visibles y materiales, estas bellezas, esta misericordia, y esta vida se encuentran detrás de esa cortina activa de la tierra, y algunos de sus talleres operativos están bajo esa cortina. Por lo tanto, entrar bajo la tierra, que es como una madre protectora, refugiarse en su abrazo, y contemplar esas flores verdaderas, eternas y espirituales, es algo mucho más deseable y digno de anhelo. Esta comprensión eliminó por completo las objeciones de mi nefs ciego y amante del mundo, y las disipó. Provocó que incluso mi nefs amante del mundo dijera: “Alabado sea Allah por la luz de la fe en todos los aspectos.”
Said Nursi