¡Mis estimados, verídicos, perseverantes y leales hermanos!
No menciono esto para causarles tristeza o para tomar alguna medida material, sino para aprovechar más de nuestra empresa espiritual de oración compartida, y para que ustedes mismos mantengan aún más el equilibrio, la cautela, la paciencia, la resistencia y, con intensidad, su solidaridad. Les comparto que
aquí experimento en un solo día una aflicción y sufrimiento que no experimentaría ni en un mes en Eskişehir. Despiadados masones han designado a un insensible masón para hostigarme, esperando que en mi indignación o cansado de sus torturas, exprese “¡Ya basta!”, y así encuentren una excusa para justificar sus ataques crueles y encubrir sus mentiras. Yo, como un acto excepcional de gracia divina, soporto con gratitud y he decidido seguir haciéndolo.
Ya que nos hemos entregado al destino, viendo estas dificultades como una bendición espiritual que aumenta nuestra recompensa según el principio de queخَيْرُ اْلاُمُورِ اَحْمَزُهَا“las mejores cosas son las más difíciles”, y dado que las tribulaciones mundanas pasajeras suelen culminar en alivio y buenos resultados, y que tenemos una certeza inquebrantable:
Hemos dedicado nuestra vida a una verdad más resplandeciente que el sol, hermosa como el Paraíso y dulce como la felicidad eterna, debemos sentirnos honrados y agradecidos por esta lucha espiritual y abstenernos de quejarnos.