Queridos y sinceros hermanos.
Lo que les escribí ayer contiene tres anécdotas graciosas.
Primera: por ser un representante del ser colectivo de la bendita comunidad que vendrá en el futuro, gracias al secreto y a la bendición de ese ser colectivo, una puerta con cerrojo se abrió por sí sola. Y de la misma forma, cuando un representante de esta comunidad bendita, que ya se había manifestado y hecho realidad, se encontró conmigo diez años después, aunque solo fue por medio minuto, provocó enojo en los guardias hacia mí. Yo también me enojé y repetí: “¡Que sus puertas se cierren!” Esa misma noche, al amanecer, algo inusual sucedió: las puertas de los guardias se cerraron solas y no pudieron abrirse durante dos horas.
Segunda anécdota graciosa: envié una nota al fiscal por medio del director, en la cual decía: “estoy en aislamiento, no veo a nadie, y aunque pudiera ver a alguien, no conozco a nadie en esta ciudad. La administración de esta ciudad y demás…” Luego, el fiscal preguntó: “¿Está en aislamiento?” El director respondió: “no.” Ambos me reprocharon. Ese mismo día, un pariente medio excéntrico tuvo la oportunidad de verme por medio minuto, y se mostró un comportamiento tal, que nunca antes se había permitido en aislamiento. El reproche que me hicieron resultó reflejarse en ellos mismos.
Tercera: los jóvenes traviesos en el edificio contiguo solían hacer ruido en la puerta durante las oraciones de la noche, lo cual me molestaba, aunque no demasiado. Ese mismo día, con otro pretexto, también cerraron su puerta. El mal olor en mi espacio aumentó, al igual que el ruido de esos jóvenes cerca de mi puerta, lo que me causó más molestias. Así que, nuevamente, exclamé: “¡Que cierren sus puertas! ¿Por qué hacen esto?” Y esa misma mañana, ocurrió el mismo incidente.