بِاسْمِهِ سُبْحَانَهُ
¡Mis estimados hermanos verídicos!
¡Por favor, no discutan bajo ninguna circunstancia! Los oídos espías pueden aprovecharse de ello. Tanto si uno tiene razón como si no, en nuestra situación actual, el que inicia una discusión está equivocado. Si tuviera una pequeña razón, aun así, al discutir podría causarnos un daño mil veces mayor. En una ocasión, en la prisión de Eskişehir, conté una historia a mis hermanos más meticulosos que ahora voy a repetir:
Durante la primera guerra mundial, en el norte de Rusia, estábamos prisioneros en un gran barracón, junto a noventa oficiales. Debido al respeto excesivo que ellos me mostraban, evitaba que se produjeran altercados mediante consejos. Sin embargo, en una ocasión, la ansiedad y el nerviosismo provocaron disputas intensas. Entonces, le dije a tres o a cuatro personas: “dondequiera que oigan ruido o disputa, ayuden al que está equivocado.” Ellos así lo hicieron, y las disputas perjudiciales cesaron. Luego me preguntaron: “¿Por qué empleaste esta medida injusta?” Les respondí: “la persona que tiene razón suele ser razonable y está dispuesta a sacrificar una pequeña porción de su derecho en favor a la paz y al beneficio común. Pero quien no tiene razón, con frecuencia es egoísta y no cede, aumentando el conflicto.”