Vigésimo Octava Ventana
وَمِنْ اٰيَاتِه۪ خَلْقُ السَّمٰوَاتِ وَالْاَرْضِ وَاخْتِلَافُ اَلْسِنَتِكُمْ وَاَلْوَانِكُمْ اِنَّ ف۪ي ذٰلِكَ لَاٰيَاتٍ لِلْعَالِم۪ينَ
Miramos este universo y vemos que hay una sabiduría y un arreglo que impregna todo, desde las células del cuerpo hasta la totalidad del universo. Miramos las células del cuerpo y vemos que hay una importante administración en esas diminutas células por la orden y ley de alguien que ve y maneja los asuntos del cuerpo. Así como cierto sustento se almacena en el estómago en forma de grasa, y se utiliza en tiempo de necesidad. Al igual que en esas diminutas células, existe el mismo manejo y almacenamiento. Miramos las plantas, se ve una crianza y una administración muy sabias. Miramos los animales, vemos una crianza y sustentación de una forma infinitamente benevolente. Miramos los fundamentos grandes del universo, vemos una administración e iluminación de una manera magnificente para propósitos importantes. Miramos la totalidad del universo, vemos una regulación perfecta para razones elevadas y propósitos valiosos, como una ordenada morada, ciudad y palacio.
(Como se explica y se prueba en la Primera Estación de la Trigésima Segunda Palabra), no deja lugar para un ápice de copartícipe, desde un átomo hasta las estrellas. Están tan relacionados espiritualmente entre sí, que el que no hace todas las estrellas y no las tiene en su mano, no puede hacer que un átomo escuche a su señorío. Para ser el verdadero Señor de un átomo, es necesario tener todas las estrellas. Además (como se explica y prueba en la Segunda Estación de la Trigésima Palabra), aquel que no es capaz de crear ni nivelar los cielos no puede hacer la identificación que está en el rostro del ser humano. Es decir, aquel que no es el Señor de todos los cielos, no puede hacer el bordado del rostro, que es el signo de la diferencia en el rostro de una sola persona.
Aquí hay una ventana tan grande como el universo; Si lo miras por ella, se verá con el ojo de la mente que las aleyas están escritas en mayúsculas en las páginas del universo. Entonces: ¡quien no lo ve, no tiene mente, o no tiene corazón, o es un animal en forma de humano!