(Un artículo del Señor Re'fet)
¡Mi honrado y venerable Maestro, mi señor!
La Palabra que usted escribió últimamente dejó un efecto e impresión muy profunda. No pude entender su motivo. Considero que la persona elevada de usted está muy furioso en esa Palabra. Una pluma muy encendida botó todos sus dolores. Quedé en admiración y fervor ante las verdades que ella contiene y la leí por horas. Ya no puedo preferir una a la otra de sus Palabras. Porque, mientras que considero a una de ellas como importante, la otra se muestra a sí misma como más importante y la otra muy importante. Por esta razón, asemejo las luces del Corán como a las estrellas en el cielo. En realidad, a pesar de que las estrellas son diferentes respeto a su brillo, todas son estrellas. Debido a que reciben su luz de la misma fuente, respecto a su cualidad como que una no tiene diferencia de la otra. Justo así son sus Palabras. Aunque leyera cada una de ellas cien veces, seguiría recibiendo en la vez ciento una, un placer espiritual como si nunca la hubiese leído; solo esto también es un testigo de su sublimidad. Pensando que lo que escriba en este tema, no será algo sobre las Palabras, aquí termino mi palabra.
Re’fet