¡Oh Maestro!
Los tratados que usted escribió y que son los espejos del Corán, son suficientes para aceptar qué gran maestro es usted. Usted, oh honrado Maestro, rasgó los velos de la oscuridad y negligencia, que cayeron sobre el Islam. Reveló las verdades más radiantes que están bajo esos velos contaminados. Su perseverancia inquebrantable, firmeza heroica, esfuerzo sin descanso, no quedaron sin fruto. Abrió una fuente del agua de vida en el medio de Anatolia; que los grifos de esta fuente son las verdades de los tratados y obras que escribió y difundió usted. Su fuente y mina es el mar del eterno Corán‑i Hakím. Un día, cuando usted emigre desde esta morada de prueba a los mundos de la felicidad, sus obras valorables le harán vivir con su nombre. Qué felicidad, usted tiene alumnos que lo quieren del alma, que aprecian la fuente que usted abrió, que se volvieron en protectores y defensores de esa fuente, que están listos con todo su corazón y alma a sacrificar su vida si fuese necesario, en aras de anunciar e inculcar las ideas de sus obras. Incluso, cuando usted esté en el mundo espiritual, tenga la seguridad que no tendremos actitudes que molesten a su espíritu. Debido a que usted ya entregó las llaves de muchos misterios Coránicos a sus estudiantes, ellos con todo su corazón y alma están muy agradecidos. Las luces refulgentes que usted emite hoy, sumergen a los verdaderos seres humanos en las alegrías infinitas, y les notifican los deberes de los que son responsables. El servicio de usted no se puede negar, y su sacrificio es inmensamente grande.
¡Honrado Maestro! Que su servicio pasee en los cielos y que usted sea leyenda. ¡Abnegado Maestro! La horrible embriaguez llamada literatura, que no recibe ayuda de la religión, que aumenta la negligencia de los negligentes, que solamente se puede descartar a través de sus obras e inculcaciones. Usted, a través de las evidencias muy razonables y lógicas, demostró que las naciones sin religión no podrán continuar, vendrán y pasarán de este mundo sin aprender a ser seres humanos. Sus obras son elevadas y abarcativas, como el espíritu de usted.
¡Mi querido Maestro!
Usted debe estar en paz, que su esfuerzo no es en vano. Sus tratados inmortales pasearán eternamente en las manos valorables. Pondrán a los incrédulos actuales en su lugar, y tal vez les otorgarán fe. De todos modos, ¿esto no es lo que desea usted? ¿Su propósito y deseo no es alcanzar a guiar y advertir en la esfera de la fe? Jamás hay duda que los mal educados que sufren y se arrastran en el vertedero de la filosofía, ciertamente encontrarán la buena moralidad y la literatura verdaderas en sus obras; así será.
Usted, oh venerable Maestro, cumplió un servicio indescriptible y sin precedente a una gran nación necesitada. Esta nación, esta tierra, esta patria está en deuda y nunca podrán pagarle. Deseo que Cenab‑i Hak le otorgue la recompensa muy merecida de este enorme servicio sagrado. Que esté complacido con usted y con sus sirvientes inhábiles y defectuosos como nosotros en este mundo y en el otro. Ámin.
El Amigo de Lütfü