¡Oh el honrado Maestro!
Tras la elevada orden de usted, de que no me apure para escribir las Palabras; pero ¿puede ser posible que no me apure para beber el agua de la elevada fuente que está frente mío hasta quedar satisfecho, que fluye agua clara cómo cristal? La persona elevada de usted sabe que yo quedé retrasado en los deberes en este tema. Viendo estos sentidos claramente y comprendiéndolos, ¿es posible que no me lave las manos y la cara con el agua como cristal de esa fuente elevada, que no me apure para que brille mi corazón? Es un favor enorme de Cenab‑i Hak, que entre los tiempos que trabajo para obtener mi sustento, puedo encontrar tiempo para escribir los valorables tratados. Debido a que no quiero perder estas oportunidades, me apuro. El motivo más grande de mi apuro es que encuentro las luces consoladoras a las que necesito, en esos tratados. Tal como las compañías ambiciosas se enorgullecen de viajar mucho por los túneles en que no hay posibilidad de parar; su alumno también, cuanto más leo y escribo esos tratados valorables, como todo el mundo, en ese grado me beneficiaré y me enorgulleceré.
Leí completamente la Carta Dieciséis. Admiré la paciencia y confianza en Allah que usted tuvo ante cualquier tipo de sufrimientos y dificultades. Pensé que leyendo esas Palabras, toda mi existencia brillará en una soledad. Para los ataques de los sufrimientos, siempre le deseo paciencia sonriente, con cara agradable.
La Palabra Veintitrés es un recuerdo inmortal de consuelo, que vocifera a la humanidad como una voz profunda, que hace que los seres humanos recuerden que son seres humanos, que muestra los caminos de obtener los rangos más elevados, que induce a sus lectores a desarrollarse y que hace que nazcan amores apropiados a la religión. Estoy inhábil de apreciar la Palabra Veintitrés merecidamente. Porque, ella es un levadura del consuelo y felicidad.
Ahmed Zekâi