Cuando escribía las Palabras, es decir las pruebas de la Misión Profética de Ahmed, muchas veces dejando la pluma de mi mano, me quemé con el anhelo y pena de la separación de esos momentos de la era de dicha. Por causa de esta pena, mi corazón lloró, mi alma se enfervorizó, mi espíritu dejando mi cuerpo se fue a lo lejos y me trajo los regalos de consuelo.
¡No es así, oh honrado Maestro! Aunque no estamos en la era de dicha, la anhelamos. Esto es suficiente para nosotros. ¿Un milagro enorme que el Noble Muhammed (A.S.M.) nos dejó, hoy no está en nuestras manos? ¿Ese libro no nos promete la dicha que necesitamos y anhelamos? Cuando le abrazamos sinceramente, ¿no nos da el placer espiritual que necesitamos?
Sí, mi honrado Maestro, ese magnificente libro que hoy tenemos en nuestros manos, que lo vimos con nuestros ojos y que es un guía para los verdaderos seres humanos; ese gran milagro, cuando me ahogaba en la corriente del mundo en la materialidad, las voces elevadas de él, me consolaron de una manera tan agradable y fueron un apoyo inquebrantable para mí. Infinitas gracias a Hak.
Venerable Maestro, pienso de esta manera que; mi espíritu que se abrió a la felicidad, sigo leyendo y escribiendo los valorables tratados, gradualmente se fervoriza con las preparaciones de un placer espiritual y una felicidad eterna. Mis ardores siguen por mucho tiempo.
¡Mi Maestro! En ese momento, el mundo desde mi punto de vista se vuelve en nada. Quiero pasar a la eternidad, infinidad y a los mundos de la felicidad. En esos momentos, si me dieran todo este mundo, igual no querría dar ni una pizca de estos dulces ensueños míos. Que se vayan las tormentas con pesadillas de los sueños de la juventud.
Maestro mío, necesito su rezo.
Zekâi